De compras

Ayer salí. Fui a un centro comercial con una amiga a comprar algunas cosas. Íbamos tranquilas, paseando, echando cuentos y riéndonos duro. Íbamos cantando la musiquita que ponen de fondo. Íbamos felices.

Yo caminaba cual enamorada, viéndolo todo por primera vez, con esa sensación de que “hoy es un día chévere” porque alguien piensa en mí. Estaba emocionada, contenta, como cuando comienzo a interesarme en alguien.

Mi amiga y yo entramos a una tienda, poco concurrida, medio famosa, bastante cara. Agarrábamos ropa, nos imaginábamos con ella puesta, nos preguntábamos cómo nos luciría, ese mismo pensamiento de ¿Será que Fulanito sí va con mi personalidad?

Y es que comprar una blusa me causa la misma sensación que elegir a un hombre.  Nunca sé si ese top es lo suficientemente bonito para mí, si cumple realmente con mis expectativas, si no se dañará a medida que avance el tiempo, si me durará lo suficiente.

Y entonces la vi, era una camisa, mejor dicho, era la camisa estilo hindú más linda que he visto hasta ahora. Estaba colgada junto con otras cerca de la entrada, pegada a la pared izquierda. Había rojas, azules, marrones y grises. Mi favorita: la roja. Era sencillamente espectacular.

La quería, no me importaba qué otras cosas había en la tienda. Yo quería esa. Sin embargo seguí paseando porque no deseaba ventilar mi posible obsesión, me parecía terrible que mi amiga se diera cuenta de que así me pasa con los tipos: si veo a uno que me gusta, quiero, QUIERO, tenerlo.

Y como buena actriz, me hice la interesada en otras cosas. No obstante, eso no duró mucho porque en realidad ansiaba ver a esa túnica otra vez, verla de cerca, volver a sentir su textura en mis manos, tocar las piedritas que adornaban su cuello. Quería llevarla conmigo.

Pero cuando iba a su encuentro, de pronto, de la nada, sentí un dolor, una ola de calor que invadía mis extremidades y subía a mi cabeza. Sentí que me habían golpeado. La vendedora del sitio bateó, literalmente, mi rodilla derecha con una barra de acero.

Se excusó con un “fue sin querer” pero yo no quise verla, no le respondí, la borré de ese momento. Me dolía la pierna, mucho en realidad, pero no dije nada, no le grité, acusé o disculpé. ¡Qué huevona soy! pensé … Y es que es normal en mí callarme frente a situaciones así… supongo que nunca me ha gustado ser la mala, la que termina, la que deja al tipo por otro.

Y me olvidé de la camisa y de cuánto ansiaba verla otra vez. Sólo necesitaba salir de allí…Y así “sin querer” perdí la oportunidad de llevarmela a casa, así mismo como dejé que él se fuera  “porqueesmejorasí”… Y encima, para no ser la mala de la película, le obsequié MI oportunidad, la que yo tenía, la que era mía, para que la malgaste con cualquier otra, para que otra venga y se lleve la que iba a ser mi camisa… Y yo hoy, igual que ayer,  me voy con mi amiga, adolorida y con una rodilla maltrecha.

  

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